Esta semana han pasado una gran cantidad de cosas emocional (que no sentimental) mente hablando. Por ejemplo, que una mujer me dijo que mi trabajo es pésimo. De todos modos, no escribo por eso. Escribo, como dice el título, acerca del perdón. Y no me refiero al perdón hacia los demás, que ese es materia de otra entrada-o de un libro. Me refiero a un tipo de perdón distinto, que es a la vez mucho más interesante: el de uno mismo.
Y empecé a pensar en esto debido a los refranes y lass frases de librito de autoayuda que siempre están presentes a nuestro alrededor: que no importa cuántas veces te caigas, sino cuántas te levantes, que echando a perder se aprende, que hay que aprender de los errores para ser sabio, y así. Todas ellas parecen una apología del error, pero no son sólo eso: más parece que la sabiduría popular, en su larga existencia ha aprendido que el error es no sólo necesario sino indispensable para poder avanzar, crecer, aprender. Eso suena fácil, y sin embargo, no lo es.
Ha lo largo de mi historia he conocido a mucha gente, y a todos nos han educado para ser, en cierta medida, egoístas. Pero no sólo eso. Nos han enseñado a exigir mucho: de nuestros padres, de nuestra familia, de nuestros amigos, de nosotros mismos. La autoexigencia me parece buena, pero siendo aristotélico, creo que debe haber un punto intermedio entre no exigirse nada y pedir que todo salga perfecto. Sin embargo, actualmente, estamos amaestrados (condicionados tal vez suena mejor) para siempre intentar llegar a la perfección. Esto ha llegado a un extremo ridículo, donde la mayor parte de las discusiones que escucho, leo, me entero, o inclusive, de las que soy parte, no se deben a un intercambio claro de ideas, ni a un debate o contraste entre distintos puntos de vista. Se limitan a intercambiar, en el mejor de los casos argumentos, no intentando construir ideas juntos: se quiere convencer al otro de que el punto de vista de uno es el correcto. Nos limitamos a querer tener la razón, pero ¿para qué?
Entonces, ¿qué es lo mejor? La sabiduría popular nos dice que hay que equivocarse, y más aún, que no hay que tener miedo a equivocarse. Que algo aprenderemos. Y sin embargo, nos educaron para impedir el error, y negarlo. En este marco ¿qué hacer?
A lo largo de mi vida he cometido muchos errores: no bajarme de un camión al que supuse que iban a asaltar por intuición, comer en esos tacos que después me hicieron daño, calcular mal un tubo y pegarme en la cabeza, romper vasos porque creí que podía cargar más de los que verdaderamente podía, elegir carrera, y la lista sigue. De algunos, el aprendizaje es tan natural que ni siquiera es necesario mencionarlo: uno no vuelve a comer en esos tacos, no se pega siempre en la cabeza ni rompe vasos. Y sin embargo, pese a aprender de esos errores cometidos, la primer reacción también es natural: "¡Qué pendejo!". Uno está acostumbrado a recriminarse sus errores. Pero no a perdonarlos. Las religiones dicen que hay que perdonar a los demás, pero insisten en la dificultad de perdonarse uno mismo. Y suena a ridiculez, pero no lo es tanto: el trabajo necesario para aceptar que mi elección de carrera fue mala, y perdonarme, e intentar buscar una solución no fue fácil. Me tomó (y por momentos, me sigue tomando) mucho esfuerzo hacer el ejercicio de recordar qué me hizo pensar que era la mejor idea y no reclamarme, sino entenderlo. Ni modo. Ya lo hice, ahora ¿qué puedo aprender de eso, y más aún, cómo puedo corregir el error? Esos errores son los que nos exigen reflexión: aprender a través de los errores de uno, y no recriminarlos, sino pensar y, en lo sucesivo no cometer el mismo error. A fin de cuentas, está bien perdonarse, pero está mal tener errores sistemáticos en lo mismo. Y también es malo creer que "nadie experimenta en cabeza ajena". Hay que aprender de los demás, no solo mediante la experiencia.
Quiero ahondar en que la gente no se perdona. Me parece grave. Gravísimo. Porque uno sabe que tiene que equivocarse, y que de eso aprenderá, pero a veces, no se perdona el error. Y, aunque se aprenda de eso, no se puede sacar todo el jugo posible de ese error, porque se le niega, como a hijo de cura. El cerrarnos nos impide ver más cosas, conocernos más y tener un trabajo de empatía con nuestro propio yo-pasado. Así que la gente sabe que se va a equivocar, se equivoca, lo niega, hace berrinche y no se lo perdona. Esa línea parece ridícula si uno la lee, y sin embargo, casi todos nos identificaremos con ella. El error siempre llegará, por más que nos esforcemos en que no lo haga. A veces, el error no existe: se podría más bien hablar de una falta de perfección, pero no de error, y sin embargo, nos lo recriminamos.
Pero ¿por qué hablar de todo esto? Primero, porque ahora puedo perdonarme casi todos mis errores, aunque no deja de ser un trabajo diario. Segundo, porque existe un miedo inconmensurable a equivocarse, y creo que esto es una consecuencia del primer punto; si uno no se perdona, entonces prefiere evitar el error. Tercero, porque nadie está acostumbrado a equivocarse a propósito. Yo ahora lo hago. Intento algo, esperando que salga, pero a veces esperando el fracaso, y eso me ha resultado positivo: la mayoría de las veces sale mal, pero a veces sale bien. Y de cualquiera de los dos casos, aprendo. Eso lleva al cuarto punto: si a la gente no quiere equivocarse, y uno aprende de los errores, entonces la gente no quiere aprender.
Todo esto surgió por dos ideas aparentemente inconexas: la primera, que errar es de humanos. La segunda, que uno de los grandes obstáculos para ser felices es querer tener siempre la razón. Entonces, al aprender a perdonarnos, aprender a equivocarnos y aprender a aprender, iremos dando pasitos (o pasotes) a la persona que queremos ser. Y, creo, todos queremos ser, en alguna medida, más felices de lo que somos ahorita.
sábado, 11 de octubre de 2014
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario