viernes, 19 de diciembre de 2014

50 años, 50 obras maestras

Debido al torbellino que se ha vuelto mi vida, decidí ir al Museo de Arte Moderno (MAM) por primera vez desde hace eones. Y lo hice sin saber las exposiciones temporales que había, lo cual fue, en muchos sentidos, una suerte. Porque la exposición de la que escribiré se llama "50 años, 50 obras maestras". Y es bella. Pero si hubiera leído el nombre de la exposición desde antes, hubiera ido con una expectación morbosa: ¿con qué chingaderas van a salir? Es que atreverse a decir que van a exponer una obra maestra por año de vida del MAM me suena, en el mejor de los casos, a un sueño guajiro.

Sin embargo, no lo fue. O sí...o pensándolo bien, no lo tengo claro. Lo que tengo claro es que, más allá de su entrada, la museografía me pareció sorprendente e increíble. Claro, abusan de la luz de acento, como en todos los museos, pero logran un contraste grato y sorprendente entre las obras y las paredes donde están montadas, sin contar que el espacio destinado a cada una es el suficiente. Y además, es colorida y espaciosa, propiedades indispensables para que me sienta a gusto en algún lugar.

En cincuenta años de historia del MAM ha habido una gran cantidad de artistas que han donado, o dejado en lugar de impuestos, o vendido, su obra. Escoger qué piezas estarán debe ser increíble. E increíblemente complicado...hay elecciones que ni siquiera hay que considerar: "Las dos Fridas" es evidente, pese a lo poco que me gusta, pero hay otras piezas que debe ser complicado no escoger...sino dejar fuera.

Y ahora entraré en el terreno de las inferencias: hay muchas piezas que están, más que per sé, por el autor. Porque claro, todos los espectadores de arte nos sesgamos al observar una pieza que fue hecha por tal o cuál persona. Por eso, es necesario, cada que uno llega a ver patrimonio, intentar cambiarse los ojos, y verlos como algo nuevo...algo que Octavio Paz entendía muy bien: quitarse lo que se sabe de quién, y ver el qué y el cómo...eso lo hizo valorar a uno de los mejores retratistas mexicanos que han existido: Hermenegildo Bustos. Pero divago. Decía: hay obras que, parece, están más por ser Riveras, Orozcos y Tamayos que por el valor estético o la carga emocional que representen...

En el centro de la exposición hay un juego de pelota. No diré más que me parece ridículo que haya sido pensado como un juego de pelota; sin embargo, el resultado es interesante...en teoría, todos los artistas que están dejaron al menos una de sus obras. Y eso es cursi.

Lo que sigue es algo que he dejado sin hacer durante cuatro párrafos: hablar de las obras. Es que hablar de un pedazo de tela con pigmentos es muchísimo más complicado de lo que parece...no soy capaz de dar una idea exacta, o siquiera adecuada de lo que veo, siento y pienso cuando veo algo que me parece arte. No se trata solamente de qué es...cuándo vemos arte estamos viendo, al mismo tiempo, quienes somos, porqué somos...qué somos. Así que, cuando vemos algo, sobre todo cuando se trata de arte más cercano cronológicamente, cada quien tiene ojos distintos. Y sin embargo, una de las magias que tiene el arte, es que es casi ecuménico. Universal.

En fin. Por no hacer el cuento largo, Juan Soriano, María Izquierdo, Leonora Carrington, Orozco, Rivera, Dr. Atl, Tamayo, Siqueiros entre muchos otros, están presentes. Mención especial para "El Paricutín" e Atl, "Inmaculada" de Balthus, "El diablo en la iglesia" de Siqueiros, "Terrible siniestro" de Fernández Ledesma, "La espina de Anguiano, "Máscaras y muñecos" de Angelina Beloff y "La resurrección de Lázaro" de Orozco. No hablo más de ellas porque claro...hay que ver. Más que ver, mirar. Más que mirar, apreciar. Y, más que apreciar, vivir...



sábado, 11 de octubre de 2014

Error 404 (Forgiveness Not Found)

Esta semana han pasado una gran cantidad de cosas emocional (que no sentimental) mente hablando. Por ejemplo, que una mujer me dijo que mi trabajo es pésimo. De todos modos, no escribo por eso. Escribo, como dice el título, acerca del perdón. Y no me refiero al perdón hacia los demás, que ese es materia de otra entrada-o de un libro. Me refiero a un tipo de perdón distinto, que es a la vez mucho más interesante: el de uno mismo.

Y empecé a pensar en esto debido a los refranes y lass frases de librito de autoayuda que siempre están presentes a nuestro alrededor: que no importa cuántas veces te caigas, sino cuántas te levantes, que echando a perder se aprende, que hay que aprender de los errores para ser sabio, y así. Todas ellas parecen una apología del error, pero no son sólo eso: más parece que la sabiduría popular, en su larga existencia ha aprendido que el error es no sólo necesario sino indispensable para poder avanzar, crecer, aprender. Eso suena fácil, y sin embargo, no lo es.

Ha lo largo de mi historia he conocido a mucha gente, y a todos nos han educado para ser, en cierta medida, egoístas. Pero no sólo eso. Nos han enseñado a exigir mucho: de nuestros padres, de nuestra familia, de nuestros amigos, de nosotros mismos. La autoexigencia me parece buena, pero siendo aristotélico, creo que debe haber un punto intermedio entre no exigirse nada y pedir que todo salga perfecto. Sin embargo, actualmente, estamos amaestrados (condicionados tal vez suena mejor) para siempre intentar llegar a la perfección. Esto ha llegado a un extremo ridículo, donde la mayor parte de las discusiones que escucho, leo, me entero, o inclusive, de las que soy parte, no se deben a un intercambio claro de ideas, ni a un debate o contraste entre distintos puntos de vista. Se limitan a intercambiar, en el mejor de los casos argumentos, no intentando construir ideas juntos: se quiere convencer al otro de que el punto de vista de uno es el correcto. Nos limitamos a querer tener la razón, pero ¿para qué?

Entonces, ¿qué es lo mejor? La sabiduría popular nos dice que hay que equivocarse, y más aún, que no hay que tener miedo a equivocarse. Que algo aprenderemos. Y sin embargo, nos educaron para impedir el error, y negarlo. En este marco ¿qué hacer?

A lo largo de mi vida he cometido muchos errores: no bajarme de un camión al que supuse que iban a asaltar por intuición, comer en esos tacos que después me hicieron daño, calcular mal un tubo y pegarme en la cabeza, romper vasos porque creí que podía cargar más de los que verdaderamente podía, elegir carrera, y la lista sigue. De algunos, el aprendizaje es tan natural que ni siquiera es necesario mencionarlo: uno no vuelve a comer en esos tacos, no se pega siempre en la cabeza ni rompe vasos. Y sin embargo, pese a aprender de esos errores cometidos, la primer reacción también es natural: "¡Qué pendejo!". Uno está acostumbrado a recriminarse sus errores. Pero no a perdonarlos. Las religiones dicen que hay que perdonar a los demás, pero insisten en la dificultad de perdonarse uno mismo. Y suena a ridiculez, pero no lo es tanto: el trabajo necesario para aceptar que mi elección de carrera fue mala, y perdonarme, e intentar buscar una solución no fue fácil. Me tomó (y por momentos, me sigue tomando) mucho esfuerzo hacer el ejercicio de recordar qué me hizo pensar que era la mejor idea y no reclamarme, sino entenderlo. Ni modo. Ya lo hice, ahora ¿qué puedo aprender de eso, y más aún, cómo puedo corregir el error? Esos errores son los que nos exigen reflexión: aprender a través de los errores de uno, y no recriminarlos, sino pensar y, en lo sucesivo no cometer el mismo error. A fin de cuentas, está bien perdonarse, pero está mal tener errores sistemáticos en lo mismo. Y también es malo creer que "nadie experimenta en cabeza ajena". Hay que aprender de los demás, no solo mediante la experiencia.

Quiero ahondar en que la gente no se perdona. Me parece grave. Gravísimo. Porque uno sabe que tiene que equivocarse, y que de eso aprenderá, pero a veces, no se perdona el error. Y, aunque se aprenda de eso, no se puede sacar todo el jugo posible de ese error, porque se le niega, como a hijo de cura. El cerrarnos nos impide ver más cosas, conocernos más y tener un trabajo de empatía con nuestro propio yo-pasado. Así que la gente sabe que se va a equivocar, se equivoca, lo niega, hace berrinche y no se lo perdona. Esa línea parece ridícula si uno la lee, y sin embargo, casi todos nos identificaremos con ella. El error siempre llegará, por más que nos esforcemos en que no lo haga. A veces, el error no existe: se podría más bien hablar de una falta de perfección, pero no de error, y sin embargo, nos lo recriminamos.

Pero ¿por qué hablar de todo esto? Primero, porque ahora puedo perdonarme casi todos mis errores, aunque no deja de ser un trabajo diario. Segundo, porque existe un miedo inconmensurable a equivocarse, y creo que esto es una consecuencia del primer punto; si uno no se perdona, entonces prefiere evitar el error. Tercero, porque nadie está acostumbrado a equivocarse a propósito. Yo ahora lo hago. Intento algo, esperando que salga, pero a veces esperando el fracaso, y eso me ha resultado positivo: la mayoría de las veces sale mal, pero a veces sale bien. Y de cualquiera de los dos casos, aprendo. Eso lleva al cuarto punto: si a la gente no quiere equivocarse, y uno aprende de los errores, entonces la gente no quiere aprender.

Todo esto surgió por dos ideas aparentemente inconexas: la primera, que errar es de humanos. La segunda, que uno de los grandes obstáculos para ser felices es querer tener siempre la razón. Entonces, al aprender a perdonarnos, aprender a equivocarnos y aprender a aprender, iremos dando pasitos (o pasotes) a la persona que queremos ser. Y, creo, todos queremos ser, en alguna medida, más felices de lo que somos ahorita.

martes, 24 de junio de 2014

Ultimate Frisbee

Es muy chistosa la manera en la que me doy cuenta cuando algo/alguien se vuelve importante en mi vida: me dan ganas de escribir acerca de eso. Y hoy, lo que se ha vuelto importante, es el Ultimate.

Hace cuatro o cinco meses, yo no tenía la más remota idea de qué era. Y ahora le dedico "mucho" tiempo a la semana.

El Ultimate Frisbee es una actividad física complicada de definir; quienes lo practican dicen que es un deporte, pero yo creo que es un juego. En cualquier caso, para mí, el Ultimate Frisbee-así, con mayúsculas-es un juego que se practica en una cancha rectangular, sin contacto físico permitido, en el que dos equipos intentan llevar un disco-o frisbee- hasta la zona de anotación del equipo contrario ubicada en un extremo de la cancha. Las reglas, como de cualquier juego/deporte que las tenga, son algo complicadas. En esencia, se resumen a unas pocas: no se debe caminar con el disco; el jugador tiene 10 segundos para lanzar el disco después de que se recibió; tampoco está permitido depositar el disco en la mano de otro jugador. Si el disco se cae, el otro equipo pasa a la posesión.

Lo conocí para conseguir tregua. Es que un amigo de la prepa me estuvo chingue y chingue hasta que fui a "entrenar". En realidad, es bastante peculiar lo que me pasa con él; los comentarios que escucho de la gente que lo practica son como de gente que se enamora a primera vista: desde que lo jugó por primera vez, supo que lo amaba, cursilerías a cual más ridícula. En fin, yo me divertí...a secas. Del modo que te diviertes tras ser nini prácticamente durante meses, y por conocer algo nuevo, que se traduce en que todo momento representa un reto. Nada extraordinario. Quizás fue más emoción generada por las endorfinas después de correr. Nada sorprendente. Pero, y por esto solo puedo culpar a Mariana y a mi agenda vacía, le di tiempo. Y paciencia. Pero, sobre todo, tiempo. Saint-Exupèry escribió que lo que hace importante a tu rosa es el tiempo que has perdido con ella. Y yo, a esta rosa, al ultimate, le dediqué mucho tiempo. Si consideramos que me entretenía tres horas al día, dos días a la semana, un día completo del mes que fui. En retrospectiva, esto me hizo seguir yendo. Más disciplina personal que gusto; más terquedad que placer; más matar tiempo que invertirlo. En fin, no disfrutaba ir a jugar. Disfrutaba cansarme, llegar después de hacer más ejercicio del que había hecho sistemáticamente nunca en mi vida...mas no el Ultimate.

Entonces, me lastimé. Casi como una pausa obligada para cuestionarme realmente qué quería de eso, porqué iba, si valía la pena el llegar enfadado con quienes lo practicaba-a veces los juegos en equipo tienen bemoles no del todo agradables. Y estuve un mes sin saber qué chingados hacer. Seguir yendo, con gente que no me gustaba, que no le hablaba, con quien no quería comprometerme y me negaba a aceptar como del mismo equipo. Sin saber siquiera si me gustaba lo suficiente.

Tras un mes así, en el que dos semanas estuve lastimado y otras dos, pensando si ir o mejor dejarlo, decidí darme una vuelta (mas forzado por Xanat que por gusto) por el entrenamiento- "entrene" en el horrible argot ultimatero, del que hablaré más adelante. Y entonces pasó. Pinche Miguel Ángel. Pinche Siqueiros ¿Han leído, escuchado, pensado acerca de El Accidente? Bueno, esos güeyes escribieron de él, pero más aún, lo experimentaron. Es lo que en las últimas teorías del teatro llaman Improvisación: un momento donde las cosas cobran sentido, para el que en la mayoría de las veces hay que prepararse mucho tiempo, o que a veces pasa sin quererlo. Viene, y se va. Y muchas cosas son solo la repetición de los pasos que nos llevaron a él, para intentar vivir uno nuevo. Es un poco triste que sólo con un juego me haya pasado, pero c`est la viè. En fin. En ese entrenamiento, por primera vez llegué con la actitud adecuada: sin esperar maldita la cosa de mis compañeros, de mí, ni del juego. Nomás fui a divertirme, valiéndome madres todo lo que no fuera lúdico. Y entonces, jugando, me di cuenta que me gustaba mucho lo que sentía: satisfacción, cansancio agradable, pero sobre todo, una especie de magia. Algo indescriptible. Bello, pues. El Accidente por antonomasia. Ese momento es inefable, de lo bonito. Y ahora, gracias a Unamuno sé que nunca volveré a experimentarlo del mismo modo: desde que empecé a tomarlo más en forma (que en serio no me tomo más que a la muerte, cuándo no es noviembre; y la salud) mi esfuerzo será la de ultimatero, no el de hombre que busca crecer. Eso es triste, pero inevitable...
Estoy divagando. Lo importante es que ese día me empezó a gustar el Ultimate. Me parece asombroso que la gente diga cosas del tipo "no sé cuando empecé a sentirme así por tal cosa/persona" cuando para mí es claro. Supongo que todos pensamos y sentimos distinto. Entonces empecé a querer al Ultimate...si bien tibia y reticentemente.

De ahí en adelante, el Ultimate cambia absolutamente. Paso del "mi" al nosotros". Al saber que me gustaba, empecé a cambiar cosas: empecé a hablarle a la gente del equipo, empecé a querer mejorar, a comprometerme un poco...hasta que decidía que ni me gustaba tanto, y metía freno de mano. Como pensando que no valía tanto la pena. Y es que mi hermano dedica más de un día completo a la semana entrenando. Atletismo, pero veo el esfuerzo en todos los aspectos de la vida necesarios para comprometerte más. Eso pasó dos o tres veces. Y de pronto, por algunas cosas externas de la vida, decidí intentarlo: comprometerme más con el Ultimate, y por extensión, con Pumas (el equipo al que pertenezco). Y es que, ahora mismo, estamos en el tiempo de ilusiones y promesas ilimitadas, de hacer crecer esto, mucho. A ver que pasa. Hasta hoy, de cualquier modo, han pasado un Regional, donde quedamos en 7° y un Nacional donde quedamos 13°...nada mal para la primera vez de Pumas.

Claramente, como de cualquier amor verdadero y medianamente maduro, veo cosas que no solo no me gustan, sino que realmente detesto. Un ejemplo, que me hiere en lo más profundo, porque es una de las cosas que más disfruto, es el lenguaje...¿o debería decir "jerigonza"? Que tanta voz anglosajona me perturba un poco. Tanto "drill", "stack", "back", "flick", "hammer", "pull" me marea. Obviamente, tengo que emplearla: la comunicación solo se da a través de canales entendibles por los participantes; eso no significa tanto, de cualquier forma. Me hiere particularmente, mas no es lo que más me molesta. Esa lista la encabeza que, en general, la gente que la practica es fresa, pero no porque sean fresas, sino por lo que implica. Y otra cosa que me molesta no es culpa de nadie: solo es inexperiencia debida a la edad de quienes conozco que practican ultimate: la falta de identidad. Es un poco incómodo que el 90% de mi equipo tenga tanta afición a querer sentirse parte del Ultimate a través de tener ropa de cierta marca, discos únicamente Discraft, cierto tipo de atuendos y cosas que no están mal, ni quiero juzgar, solo no comparto. En sabias palabras de mi abuelo, "ca` quien"

¿Qué opinan del Ultimate? Si lo conocen, ¿qué es para ustedes?