Después de haber tenido un fin de año por demás excelente, y de haber comido a discreción, creo que es momento de retomar uno de mis pasatiempos: escribir.
Así que, aunado a que hoy fuí al Museo Nacional de Antropología con una ruta nueva y de que este museo en sí es suficiente para escribir una enciclopedia, expondré mi opinión, que de antemano se que indignaría a la gente si leyera mi blog...
El MNA está ubicado en Paseo de la Reforma y Gandhi, un sitio por demàs concurrido y bastante lògico cuando se habla de turismo, asì que considerando que la mayor parte de los visitantes (que pagan boleto) son extranjeros, esto es un punto a favor. Sumado a la facilidad de llegar, y la cercanía con el centro de la Ciudad lo hace un lugar digno de visitar.
Es cierto, es junto con el Museo Nacional de Historia (el del castillo de Chapultepec) y el del Carmen (en San Ángel) el museo público más caro de la Ciudad (al menos, de los que conozco): $51.- Sin embargo, y a diferencia del Castillo, donde se tiene que subir un cerro (cosa nada desagradable si se cuenta con el tiempo) y del del Carmen, donde la museografía es pobre, el MNA vale cada centavo que se paga.
Pero hablemos un poco acerca del MNA.
Primero, es importante aclarar que, aunque todos relacionemos la Antropología con piedras y huesos enterrados, la Antropología es mucho más que eso. En ella se intenta encontrar como y en muchas ocasiones porque ha ido cambiando a lo largo del tiempo una civilizaciòn, o cultura.
Segundo, EL MUSEO NACIONAL DE ANTROPOLOGÍA NO ES EL DE HISTORIA. Son dos cosas completamente diferentes, pese a un letrero que asì lo indique...en el no se busca introducir al visitante ni guiarlo a través de los cambios que se han dado en el país, sino darle un chapuzón a las diferentes culturas que viven, conviven y han hecho de los EUM el gran país que son.
Tercero, uno de los presidentes màs queridos por la poblaciòn mexicana fue quièn lo fundò: Adolfo Lòpez Mateos. La obra estuvo a cargo de uno de los mejores (acaso el mejor) arquitectos mexicanos del siglo XX: Pedro Ramírez Vázquez (ver por ejemplo la Facultad de Medicina de la UNAM, el estadio Azteca, el museo del COI en Suiza...la lista es interminable).
Este punto es muy importante. Por ser desde su planeación un museo construido para albergar el gran acervo de las culturas prehispánicas que se había ido acumulando a lo largo del tiempo, se requería un recinto enorme. Aquì es donde vemos la genialidad de Ramírez Vázquez. Despuès de visitar museos en todo el orbe, llegó a la conclusión de que debía hacer salas relacionadas entre sí, pero independientes, para no dar al visitante la "angustia" de no poder conocerlo todo en una sola visita. Además, los muros son significativamente altos, intentando de este modo privar al espectador (al menos desde el patio central) de la cida citadina e introduciendolo un poco más a la realidad que èl escogió: la realidad del museo.
Un aspecto desconocido para la mayor parte de los visitantes de este espectacular museo es que alberga tambièn el museo de Etnografía. De hecho, este es otro de los aciertos del arquitecto. En toda la planta baja hay solo piedras talladas, cerámica y uno que otro ornamento, simbolizando y representando las culturas prehispánicas; pero subiendo las escaleras, como si de un túnel del tiempo se tratara, encontramos algo más interesante, más cercano, y claro, más mexicano: los pueblos indígenas. Y digo mexicanos porque lo son. Es decir, todos ellos se aceptan como parte de un país y pese a ello conservan su identidad. Eso es fascinante y hermoso.
Podría comenzar a escribir acerca de las piedras que tienen en la planta baja, pero no lo haré por tres razones: una, que no considero que formen parte significativa de la cultura mexicana, pues el legado de los pueblos prehispánicos en mi opinión se limita a ser intangible, en aspectos como la alimentaciòn y el habla; dos, porque eso origina que vea con recelo este tipo de obras y tres, porque no las visité.
Sin embargo y comprobando que cae más rápido un hablador que un cojo, hablaré un poco de la sala mexica. Es la que está al final del patio principal, así que podemos considerarla el corazón de nuestro museo; no es para menos, durante cerca de doscientos años y a falta de pensamiento crìtico y analìtico, la mayor parte de la población considera que los primeros mexicanos fueron los mexica. Cosa muy alejada de la realidad, pero así lo ve la gran parte de los mexicanos.
La primer impresión que se tiene al entrar es...mala. Es decir, he visitado este museo por lo menos dos veces cada año desde hace 4 y esta es la primera que me siento realmente incómodo. Esta impresión es la de una gran bodega, bien ventilada, con techos amplios, iluminación de acento bastante sensata distribuida correctamente en la sala y un miedo enorme de ignorar una pieza. Para poder llegar a la Piedra del sol, parece que uno quiere entrar al vagón del metro en Balderas, linea uno a las seis de la tarde; así me sentí de la cantidad de piezas que hay impidiendo un paso cómodo y permitiendo al público observar las esculturas. Y bueno, no criticaré más del acervo que yo no considero tan importante.
Sin embargo no he hablado otro dato importantísimo del MNA: su colecciòn de arte moderno mexicano. Cualquier museo moriría por tener en un solo recinto a Luis Covarrubias, Carlos Mérida, Manuel Felguérez, Leonora Carrington, por hablar de algunos. Esto merece una entrada aparte, asì que no ahondaré.
Ahora, las salas etnográficas me fascinan porque tiene una excelente museografía, y su permanente es una elegante y discreta combinación de elementos antiguos con artesanías modernas, que explican en cierta medida la cultura de dichos pueblos. Ni uno escapa de la atención, que pese a ser breve, le da importancia a la mayoría de ellos. Con muchas reproduccìones de la forma en que viven las distintas culturas, muchos textiles (cosa extraña en un museo), y ningún desprecio por cualquier tipo de actividad religiosa, el MNA se luce en esta salas. Sin tener orden específico, en una sola sala se contempla un poco de su economìa, gastronomìa, cosmogonìa...de todas esas pequeñas cosas que forman eso que se llama idiosincrasia.
Otro día intentaré hablar acerca de cada sala, por el momento es todo.